Autoficciones

Escribir autoficción

La autoficción es un género que ahora mismo está en auge. A mí, personalmente, me encanta. Mezcla historias autobiográficas y ficción. Se trata de jugar con tus propias vivencias y convertirlas en relatos, yendo mucho más allá de la realidad del suceso. Es convertirte en el narrador y en el protagonista del cuento, creando entre quienes te conocen y te leen curiosidad e intriga a partes iguales, por la ambigüedad que pueden provocar los textos.

Mi alter ego, Lady Jones, era la reina de la autoficción. ¿O acaso os creéis todo lo que leéis? ?

Practicando las autoficciones

Este verano, a través de mi cuenta de Instagram @itzisis, me propuse practicar este ejercicio y compartirlo. Para ello escribí una serie de siete relatos cortos que os dejo aquí. De veras, es muy sencillo. Incluso puede resultar hasta terapéutico. ¿Quién te impide acabar una historia mejor de como acabó en realidad o inventarte un encuentro fantástico en un parque? Sí, tú estuviste en un parque, pero ¿a quién le importa si fue real o no que Julia Roberts se sentara a tu lado? Nothing Hill no solo estará inspirada en sueños, ¿no?

Si eres capaz de tomarte la escritura como un juego, si eres capaz de trascender tus vergüenzas y dotar a cada vivencia de un relato que te haga sentirte bien o que transmita un mensaje, habrás dado con la clave de la autoficción. Al menos, en lo que a mí respecta, de esto trata este género. De atreverse a ir más allá con uno mismo y aportar algo a terceros.

Autoficción — Capítulo 1

Hace cinco años me tatué los pies. En uno, un corazón y en el otro, el nombre de mi alter ego. ¿Por qué? Para recordar cada vez que me hundiera al mirar al suelo dos de mis principios: el amor y la escritura.

Hace cinco años viví el desamor en todas sus expresiones. Desde la invisibilidad, a la indiferencia, el rechazo y el olvido forzado. No diré que aprendí demasiado, algunas lecciones eran repetidas.

Ayer nos cruzamos por la calle. Quiso pararse a charlar conmigo. Yo apenas le sonreí. ¿Qué quiere escuchar?, pensé. Y continué con mi camino como si tal cosa.

Hay fantasmas que ya no asustan. Que no duelen. Que solo son tatuajes que nos recuerdan nuestra propia fuerza y capacidad de querernos a nosotros mismos sin la necesidad del aplauso o las cadenas.

Pensándolo bien, aprendí esto: «quiéreme libre, o no me quieras».

Autoficción — Capítulo 2

Fue un agosto de hace unos años. Él había insistido hasta la saciedad para que quedáramos “a tomar algo”. Accedí por pura curiosidad. ¿Qué querría en realidad?

Me leía y llevaba varias fotos mías en el móvil. Le dejé hablar:

—¿Dónde nacen tus historias? —me preguntó.

Tras un paseo y una charla amable, (no diré lo contrario porque mentiría), me dejó helada con su apreciación:

—¿Te puedo confesar una cosa?

—Llevas toda la tarde hablando, dime.

—No siento ganas de besarte. No sé, a ver… Me gustas. Eres una tía súper inteligente, me gusta cómo piensas, lo que escribes…

Empecé a jugar a completar la frase entre sorprendida y divertida: “pero tengo novia”, “pero eres mayor que yo”, “pero somos de ciudades distintas”, “tienes una hija”… Y no acerté. El esperpento puede encontrar frases finales mejores.

—Pero me gustan las mujeres más delgadas.

—¡Ah! —exclamé, palideciendo por momentos—. Es una suerte porque a mí siempre me han gustado los hombres con cerebro.

Me quiso acompañar hasta casa porque le agradaba mi compañía y antes de despedirme, liberada de él, le dije que nunca más volviera a valorar a una mujer por sus curvas si de veras quería que el amor triunfara.

—Ni por sus curvas, ni por su forma.

—A pesar de todo seguiré leyéndote —añadió—. ¿Escribirás algún día sobre mí?

Me encogí de hombros y cerré la puerta sonriendo.

Tenía la historia perfecta con el protagonista imperfecto.

Autoficción — Capítulo 3

Eché a andar y no sabía qué ni a quién encontraría en el camino, pero caminé.

Caí mil veces y me costó levantarme algunas de ellas, pero lo hice, porque tanto barro, ¿para qué?

Corrí, salté, reí, bailé y disfruté de cada paso, cada olor y cada segundo: la senda estaba viva.

Y cuando morí, no lloré por lo perdido, sino que celebré la dicha de haberlo sentido. La alegría íntima de haberlo experimentado todo con cada célula de mi Ser.

Y mi sombra, al desvanecerse junto a mí se fue convirtiendo en huella, profunda, dentro del corazón de todos aquellos que alguna vez me amaron, que siempre amé.

Continué el viaje entre las estrellas, solo visible para quienes miran al cielo con el corazón y los recuerdos. Y experimenté la ingravidez y continué, siempre hacia adelante, un pie tras otro pie, sin rendirme ante lo desconocido. Aceptando no saber, ansiando aprender, volviendo a renacer, una y otra vez. Y continué…

Inspiración

No es necesario que escribas relatos extensos o una novela. A escribir se aprende escribiendo, por tanto, permítete jugar y utiliza lo que más a mano tienes, tu experiencia vital. Poco a poco ya irás atreviéndote a ponerle más creatividad a tus textos si te cuesta salir de ti. La escritura necesita constancia. Pásatelo bien.

¿Mi inspiración? Para esta entrada, la artista Lynnie Zulu y sus coloristas ilustraciones. Y, musicalmente, hoy voy a decantarme por Ivan Ferreiro y El pensamiento circular. Podría escuchar este tema en bucle todos los días. Me resulta hipnótico. ?

“Hay algo retorcido, es esta alegre impunidad. El pensamiento circular en mi cabeza vacía.” Ivan Ferreiro

¿Os ha gustado el tema? ¿Os atrevéis a intentarlo? Si queréis leer más autoficciones podéis buscar mis textos de agosto en IG. Aún así, es más que probable que Lady Jones vuelva a hacer de las suyas por aquí.

Besazos, gente bella.

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