Lo que aprendí viendo New Amsterdam

No voy a entrar a valorar el beneficio o el perjuicio que tienen plataformas como Netflix, porque todos necesitamos desconectar en algunos momentos. También necesitamos entretenimiento y, como suelo decir yo, historias de encefalograma plano que nos permitan escapar de nuestra realidad sin involucrarnos emocionalmente en lo que vemos.

¿Por qué me enganché al New Amsterdam?

Para empezar, porque leí que era una serie basada en un libro y las adaptaciones me interesan, a pesar de que pocas veces he visto películas o series que superen las novelas.

Después, porque el personaje protagonista, Max Goodwin, interpretado por Ryan Eggold, me cautivó con una de sus primeras frases de guion: «¿Cómo puedo ayudar?»

Finalmente, porque el cine, las series de televisión y los documentales son literatura visual. El planteamiento, la estructura de las escenas, el narrador, los personajes y la credibilidad de los diálogos me ayudan a adquirir una visión global sobre la trama y me enseñan diferentes formas de contar historias.

New Amsterdam me acompañó en unas semanas en las que necesitaba distracción y me enganchó. Fue como apuntarme a una escuela de escritura sentada en mi sillón.

La historia del New Amsterdam

La serie está basada en la novela Doce pacientes: vida y muerte en el Hospital Bellevue, escrita por el Dr. Eric Manheimer. Cuenta la historia del nuevo director del hospital que, para mejorar la atención de los pacientes, toma todo tipo de decisiones y revoluciona así el sistema médico y al equipo de trabajo.

Me enganchó porque es una serie fácil. Capítulos cortos que se resuelven en apenas cincuenta minutos, aunque hablen del ébola, el cáncer o cientos de operaciones a corazón abierto. (Léase aquí un poco de ironía, porque si algo tiene esta serie es un ritmo, a mi parecer, demasiado rápido para dejar bien cerrada cada trama.)

De hecho, y aquí no sé si es una cuestión actoral o del propio guion adaptado, creo que los personajes son bocetos con los grandes rasgos de su personalidad marcados, sí, pero a quienes les falta profundidad y desarrollo para poder creerte las decisiones que toman.

Curiosamente, esta es la parte que más me interesó. Podría considerarse que ver una serie que no termina de cuajar es una pérdida de tiempo, estoy de acuerdo, pero si entrarais en mi mente, comprobaríais que fue una gran escuela. Me explico:

Max, el protagonista, tiene cáncer y se niega a mostrarse enfermo. Quiere continuar a pesar de todo, porque además, va a ser padre con la mujer a la que ama y a la que está intentando recuperar. La Dra Sharpe tiene miedo al compromiso, la Dra Bloom tiene varias adicciones y va y viene como el Guadiana dentro de su papel, el Dr Reynolds y su vida amorosa es todo un misterio que chirría porque no se lo cree nadie y si bien los Dr Froom y Vijay se salvaban en su planteamiento inicial, al intentar darles mayor protagonismo naufragan en el drama excesivo que hace que te sea imposible empatizar porque como dicen los ingleses es too much. Demasiado.

Vamos, que si nos planteamos una historia coral, es obvio que cada personaje tiene que tener lo suyo, pero sin caer nunca en el exceso y sobre todo, si ya lo has hecho, sin finiquitar a las bravas cada situación porque la psicología humana y las relaciones interpersonales o de salud no se solucionan en un frame, en un cambio de plano.

Llevado al terreno de la escritura, menos es más. Hay veces que el lector tiene que rellenar los huecos. Y si cuentas, cuentas.

Por otra parte, en varios capítulos se crean ambigüedades sobre la relación de unos con otros. Una especie de querer y no poder que, parece, se desestimó en una mesa de guion. Y no sé si fue mejor o no, porque si dejas tramas medio abiertas, relaciones que parece que van a cuajar y no lo hacen, creas falsas expectativas y generas frustración en quien te lee, o te ve.

Quien mucho abarca, poco aprieta

Supongo que este refrán define a la perfección lo que quiero decir.

Y eso que no he entrado en temas médicos porque no soy especialista, pero aquí la parte humorística ha asomado sin pedir permiso siquiera. Se supone, o eso tengo entendido yo desde siempre, que si te haces un corte tienes que depilar la zona para evitar que los pelos infecten la herida. Creo que este es mi mayor conocimiento sanitario. Pues bien, en la serie no solo abren pecho y piernas sin depilar e incluso sin guantes (¡madre mía qué momentos!), sino que auscultan sobre la ropa, abren jeringas con la boca y multitud de pequeños gestos que denotan una falta de cuidado en el estilo y credibilidad de la historia que acaba resultando tragicómica.

En FilmAffinity la ponen fatal y hay críticas buenísimas en otras páginas. Como siempre, nunca llueve a gusto de todos y yo, ya veis, hasta le estoy dedicando una entrada. Porque si bien en la forma es una serie que puede enseñar mucho por todas sus incongruencias y carencias, en el fondo, el mensaje es el que conectó conmigo.

¿Cómo puedo ayudar?

Y es que el personaje de Max Goodwin hace que todos y cada uno de sus compañeros acaben transformando su voz y formulando esta frase antes que ninguna otra. ¿Cómo puedo ayudar?

Por eso esta entrada. Por eso este rescate. Porque desde que vi la serie me he encontrado a mí misma planteándome cómo ayudar a quien tengo enfrente en vez de contarle cualquiera de mis batallitas o necesidades. Porque Max es un personaje bueno, quizá demasiado bueno, alguien que intenta crear un mundo mejor y transformarlo. Alguien que, para poder atacar un sistema, sabe que tiene que hacerlo desde dentro y desde arriba.

Está claro que cada interpretación de los hechos es distinta, pero es evidente que no hay peor ciego que el que no quiere ver. Cuando estás dispuesto a aprender en la vida, los maestros llegan. Se cuelan en tu día a día, se presentan ante ti y te dan una lección magistral. Recordaré esta serie cuando escriba. ¿Alguien la ha visto?

2 comentarios en “Lo que aprendí viendo New Amsterdam”

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